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06 junio, 2016

¿POR QUÉ CAEN LOS GOBIERNOS DE IZQUIERDA EN LATINOAMÉRICA?

¿Por qué caen los gobiernos de izquierda en Latinoamérica?
Marcelo Colussi


"Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni
la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos
adentro”.

Domitila Barrios, Bolivia

Introducción

Desde hace largos años, pero acrecentado a partir del 2015, asistimos
a un proceso de reversión (roll back) de los gobiernos de
centro-izquierda que venían desarrollándose en Latinoamérica. La
simultaneidad de esas caídas así como el elemento básico que los pone
en jaque a todos por igual –wla corrupción– permite deducir que allí se
juega una agenda determinada. Esta confluencia de elementos
especialmente similares no es tan casual. No deja de llamar
poderosamente la atención una serie de procesos más o menos similares,
lo que autoriza a sacar algunas conclusiones. Por lo pronto, el que el
fenómeno se nombre en inglés –"roll back”, pues así figura en manuales
de política internacional de la academia estadounidense al igual que
en muchos de sus tanques de pensamiento– deja entrever que allí se
juegan políticas que no responden, como mínimo, a hispanohablantes.
"El único país que realmente tiene un proyecto unificador coherente
para todo el continente es Estados Unidos [que habla en inglés].
Aunque, claro está, no es el proyecto más conveniente para los pueblos
latinoamericanos precisamente” expresó sarcástico, y con precisión, el
Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel.

¿Por qué caen o son puestos contra las sogas todos estos gobiernos?
Como mínimo habría que apuntar dos grandes causas: 1) el capitalismo
global, capitaneado por Estados Unidos, no tolera ningún experimento
político-social que se pueda ir de sus manos; y 2) son procesos
políticos muy débiles, populistas, con poco arraigo popular real más
allá del "amor” amarrado al clientelismo en juego o a un líder
carismático.

El capitalismo global, capitaneado por Estados Unidos, no tolera
ningún experimento político-social que se pueda ir de sus manos

En estos momentos de la historia, caído el muro de Berlín y revertida
dos de las más grandes experiencias socialistas del siglo pasado (la
Revolución bolchevique en Rusia y la Revolución china), el capital
entona su himno de gloria. El capitalismo salvaje imperante hoy día,
que hizo retroceder importantes conquistas sociales históricas para el
amplio campo de los trabajadores, se presenta triunfante, sin
oponentes a la vista. El fin de la Guerra Fría –ganada por el campo
capitalista– y la derechización más absoluta de la vida cotidiana,
puso a los trabajadores del mundo en situación de enorme desventaja.

Elementos impensables algunas décadas atrás –que hacen sentirse más en
situaciones pre-capitalistas, con trabajo semi-esclavo en algunos
casos, que en un mundo marcado por las tecnologías de avanzada– son
cotidianos, se han normalizado, no se toman como severas afrentas. Los
grados de explotación han subido en forma alarmante, y las
posibilidades reales de respuesta ante tantos atropellos parecen ser
pocas. Si bien puede haber reacciones ante tal estado de cosas, más
viscerales que con proyectos articulados de mediano y largo plazo, no
hay propuestas organizadas de cambio. Este desconcierto, esta
desmovilización político-ideológica que sufre el campo popular, no es
casual ni fortuito. Hay planes para que así suceda. "Nuestra
ignorancia fue planificada por una gran sabiduría” (Scalabrini Ortiz),
podría resumir perfectamente la actual fragmentación reinante.

El deporte profesional elevado a la categoría de "nuevo dios” (sabemos
qué comió hoy Messi, o el color de calcetines que lleva, y
desconocemos el plan de gobierno de, por ejemplo, nuestro Ministro de
Salud), los cultos evangélicos que recorren Latinoamérica de extremo a
extremo (parafernalia bien orquestada que solo sirve para embrutecer a
las poblaciones creando fanatismos irreductibles), o el proceso de
cooptación de los cuadros de izquierda (los que quedan vivos, claro)
por la cooperación internacional con su discurso "políticamente
correcto” pero donde desaparecen los articuladores básicos de las
reivindicaciones (como, por ejemplo, las luchas de clases), todo ese
paquete, debidamente amalgamado, da como resultado una sociedad dócil,
manejada, conducida con relativa facilidad.

Esto es lo que está sucediendo en nuestros países desde hace algunas
décadas, montándose en los miedos aterrorizantes que dejaron las
feroces dictaduras militares y sus miles de muertos, torturados y
desaparecidos: la desmovilización, el freno a las protestas populares
y la búsqueda de sobrevivencia individual como bien supremo son la
tónica dominante. Pero eso no significa que las injusticias
terminaron, ni remotamente. Ahí están, como casusas profundas de los
pesares de todo el continente (considerado como la región más desigual
del planeta, con la mayor diferencia entre quienes tienen todo y los
desposeídos). Las injusticias no terminaron, aunque se maquillen y se
traten de disfrazar con las ideas de "desarrollo” que nos invaden,
algunas tecnologías de punta que se nos obligan a consumir (la
telefonía móvil, por ejemplo, para convertirnos en "ciudadanos
globalizados”) o la posibilidad de la represión una vez más, que en
realidad nunca terminó, sino que hoy adopta nuevas formas (auge
desmedido de la delincuencia ciudadana, por ejemplo, que puede
funcionar como coartada perfecta para seguir aterrorizando y, llegado
el caso, "sacarse de encima” a cualquier "obstáculo molesto” para el
sistema).

En ese marco de contención de toda protesta popular, el hecho que
aparezcan gobiernos no completamente alineados con la lógica del
capital dominante, gobiernos que "osen” levantar (un poco) la voz
contra el amo imperial, ya es un peligro en este cuadro de situación.
Ninguno de los gobiernos que recorrieron Latinoamérica en estas
últimas décadas con talantes más o menos "progresistas” (palabra
confusa que da para todo, aunque nunca se especifique qué es), se
propusieron cambios estructurales profundos. No se lo propusieron
porque las condiciones no dan para ello, como sí pudo haber ocurrido,
por ejemplo, en la década de los 60 del pasado siglo, en plena Guerra
Fría y con la posibilidad de un reaseguro en la Unión Soviética.

Hoy el escenario es muy otro. Los gobiernos de centro-izquierda que se
vienen dando en Latinoamérica (Bachelet en Chile, Mujica en Uruguay,
el PT en Brasil, los Kirchner en Argentina, Lugo en Paraguay, Correa
en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Chávez o Maduro en Venezuela), si
bien no se plantearon en ningún momento medidas radicales
(expropiaciones, poder popular con milicias armadas, un Estado
realmente socialista con proyectos de transformación a largo plazo,
etc.), son una molestia para el proyecto neoliberal en curso.

Estados Unidos, capitaneando esa globalización, impide por todos los
medios cualquier iniciativa que pueda cuestionar su hegemonía. Ello,
por la sencilla razón de ser potencia dominante que pretende continuar
su supremacía durante el presente ello, por lo que necesita de
Latinoamérica como un territorio vital (fuente de materias primas
indispensables, de petróleo, de agua dulce, de mano de obra barata
para llevar allí mucha industria de ensamblaje, como mercado para sus
productos, entre otros beneficios). Las oligarquías vernáculas,
articuladas a ese proyecto capitalista, hacen las veces de aliados
tácticos en esa dominación; de ahí que todas reaccionan por igual ante
estos gobiernos "molestos”, con perfil populista.

La actual sucesión de caídas de gobiernos con propuestas reformistas
(en Argentina ya "se fue” la "guerrillera montonera” Cristina
Fernández viuda de Kirchner, en Brasil no sería nada improbable que
pronto termine defenestrada y enjuiciada Dilma Roussef, en Ecuador la
posibilidad de golpe palaciego contra Correa es siempre inminente, en
Venezuela la Revolución Bolivariana pende de un delgado hilo) muestra
una regularidad sorprendente. En todos los casos el "caballito de
batalla” de la derecha (nacional o internacional) es la lucha contra
la corrupción.

Curioso: un continente marcado por la más absoluta corrupción desde la
época de la colonia (española o portuguesa) hasta nuestros días, donde
siempre la política ha sido campo de acción de las más deshonestas e
indecorosas conductas, levanta ahora esta pretendida cruzada contra lo
que se dibuja como una nueva plaga bíblica, el peor de todos los
males: la corrupción. El proyecto en ciernes parece bien concebido.
Guatemala –como tantas veces en la historia: diversas pruebas
biomédicas, desaparición forzada de personas, ahora este nuevo
experimento social– es un laboratorio de Estados Unidos para ensayar
nuevas técnicas, aplicables luego en otros contextos. La detención de
ex presidente y ex vice-presidenta de ese país por actos de corrupción
durante el año 2015 con la consiguiente "revolución
democrático-ciudadana” que enmarcó los hechos, fue una prueba de fuego
para esta nueva táctica. Ahora pareciera que esa monumental lucha
contra el flagelo de la corrupción entra en escena con una fuerza
descomunal. Ahí tenemos los Panama papers como una demostración de ese
nuevo "espíritu de transparencia” que ahora pareciera derramarse sobre
el continente, con Washington liderando esa "lucha titánica”, ayudando
a nuestras "atribuladas” sociedades a salir de ese cáncer putrefacto.
(Valga aclarar que en este "descubrimiento” no hay ninguna empresa
estadounidense, maniobra que se podría interpretar como una jugada
para intentar capturar los cuantiosos fondos depositados actualmente
en paraísos fiscales tendiendo a trasladarlos a la potencia del Norte,
¡que también tiene bancas offshore!!).

Con ese caballito de batalla de la corrupción, los gobiernos
"díscolos” de la región comienzan a ser bombardeados, perseguidos,
hasta que la política de acorrrealamiento da sus resultados. ¿Alguien se
podrá creer todo este montaje? No importa si el hecho en sí mismo es
real o no. En la guerra (y esto es una guerra, absolutamente, sin
miramientos: ¿quién dijo quelat terminaron las luchas de clases?) la
primera víctima es la verdad. La corrupción es, al menos hoy día, algo
absolutamente "normal” en las prácticas humanas, tanto entre los
"fallidos” Estados del Sur como en los ¿bien organizados y
respetuosos? países del Norte. Lo cierto es que, tocando fibras
profundas de nuestra ética moralista y apelando a una nunca declarada
morbosidad –que aunque no se declare, la tenemos–, azuzar estos
fantasmas da resultados. Lo dio en Guatemala, lo que le costó el
puesto a Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti; y a partir de esa
exitosa prueba, puede verse que da resultados también en los países
"molestos” para la lógica capitalista. ¿Cómo entender si no que la
población boliviana, por ejemplo, beneficiada largamente en estos
últimos años con el gobierno del MAS dirigido por Evo Morales con un
claro talante popular, vote en contra de su reelección por una simple
cuestión de su vida personal que a nadie le debería interesar? El
trabajo de desprestigio, sin dudas, está muy bien hecho.

El capitalismo como sistema, y su principal exponente: Estados Unidos,
no descansan un segundo en su lucha frontal contra cualquier elemento
que pudiera cuestionarles. De ahí que, variando estilos –ya no se
necesitan golpes militares sangrientos– sigue manejando los destinos
de los países con mano de acero, impidiendo a toda costa la
organización del pobrerío y las propuestas de cambio. La Revolución
Bolivariana no es una revolución marxista; pero es un serio peligro
para la dinámica capitalista, porque puede abrir caminos sin retorno
(si se radicalizara, por ejemplo), y porque toca intereses
estratégicos de Washington, tal como el detentar las reservas
petrolíferas más grandes hoy conocidas. Ninguna de las experiencias de
centro-izquierda mencionadas son revoluciones socialistas radicales,
pero el solo hecho que hagan sombra ya es un peligro para los
capitales. De allí esta encarnizada lucha contra la corrupción, que no
es más que una lucha contra cualquier posibilidad de distribución un
poco (¡apenas un poco!) más justa de la riqueza nacional.

Esta es una de las razones por las que ahora, casi como efecto dominó,
vemos caer estos gobiernos. Pero hay más, y quizá más preocupante.

Procesos políticos muy débiles, populistas, con poco arraigo popular
real más allá del "amor” amarrado al clientelismo en juego o a un
líder carismático

Este es el otro elemento que, quizá de un modo indirecto, contribuye a
la caída en serie de estos procesos. Más allá del espejismo de una
revolución socialista triunfante que puede haberse tenido del proceso
venezolano en estos últimos años, con Chávez vivo o incluso luego de
su muerte, similar en algún sentido con lo que pasó en estos países
con procesos populares, la realidad muestra que nunca se salió de
esquemas capitalistas.

Todos estos países (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay,
Venezuela, Ecuador, quizá en menor medida Bolivia) siguieron
rigiéndose por modelos de mercado capitalista, con oligarquías
nacionales dueñas de buena parte de la riqueza, con inversiones
privadas multinacionales, y con Estados que siguieron defendiendo la
propiedad privada de los grandes medios de producción (capital
financiero, agrario, industrial, comercial). En todo caso, lo que pudo
apreciarse en estos años pasados, son procesos de redistribución con
algo más de sentido social (como puede haberlo sido, extremando las
cosas, el gobierno de Manuel Zelaya en Honduras, o el de Álvaro Colom
en Guatemala), pero no más. Es decir: administraciones que tuvieron
algo más de "conciencia social”, pero que no pasaron de un capitalismo
de rostro humano, capitalismo keynesiano si se quiere, con las
características propias de la región (donde la corrupción es un hecho
cultural enraizado, histórico).

En todos los casos, con diferencias de detalles pero con denominadores
comunes, no fueron procesos de revolución popular; todos estos
gobiernos llegaron a la casa presidencial a través de elecciones
dentro de los cánones capitalistas, respetando su institucionalidad.
Esto abre la pregunta sobre cómo construir formas alternativas reales
a los marcos capitalistas: está claro –la experiencia de todos estos
procesos lo demuestra, incluida la Revolución Bolivariana,
supuestamente el más radical de estos estos emprendimientos– que en
esos moldes es imposible cambiar algo en la estructura, en lo
profundo.

Eso fueron estos gobiernos (o lo son, porque muchos aún se mantienen
en el poder): procesos bienintencionados, con reformas superficiales
que mejoran en algo las condiciones de vida de las grandes mayorías,
pero que no tocan lo esencial en juego: la propiedad privada de los
medios de producción. Si se quiere ver desde una perspectiva crítica,
ninguno de estos procesos, si no se radicaliza, puede sobrevivir al
embate de las fuerzas conservadoras del capital.

Experiencias al respecto hubo muchas a lo largo del siglo XX en
diversos puntos del sub-continente latinoamericano. Podría comenzarse
con la revolución agraria en México, entre 1910 y 1920, o el peronismo
en Argentina, la presidencia de Getúlio Vargas en Brasil, distintas
expresiones modernizadoras y progresistas como la de Velasco Alvarado
en Perú o la de Omar Torrijos en Panamá. En esa línea, con diferencias
si se quiere, pero siempre en el ánimo de un capitalismo con rostro
humano y tintes nacionalistas, todos estos actuales presidentes se
enmarcan en similares proyectos. El clientelismo político, con
bastante de populismo, no falta. ¿Regalar cosas tiene que ver con el
socialismo y la construcción de una sociedad nueva?

Ahora bien: ¿es posible construir alternativas reales de cambio con
estas propuestas? ¿Se puede cuestionar el sistema desde dentro de él
mismo navegando en su institucionalidad? Pareciera que no, porque
cuando se intenta ir más allá de lo permitido, la represión aparece.
El caso de Salvador Allende en Chile nos lo recuerda patéticamente.
Pero ejemplos hay numerosos: Jean-Bertrand Aristide en Haití, o
Maurice Bishop en Grenada, el mismo Mel Zelaya en Honduras. Si se
pretende ir un poco más allá de lo que el sistema tolera, el sistema
se encarga de recordar que no es posible.

Ninguno de los gobiernos ahora mencionados –nos atrevemos a incluir
también a la Revolución Bolivariana, más allá de toda la parafernalia
mediática levantada y las esperanzas de renovación con su preconizado
(y nunca definido) socialismo del Siglo XXI– produjo un rompimiento
real con las estructuras del capital. Obviamente ninguno de estos
gobiernos pretendió sentirse revolucionario en sentido estricto. Todos
llegaron a través de los canales de la democracia burguesa, sin
promesas de cambio revolucionario. ¿Por qué exigírsele algo por el
estilo entonces?

Está claro que ninguno de estos procesos cuestionó de raíz a las
oligarquías de sus países, o a la cabeza imperial. Por el contrario,
en el marco de la actual avanzada financiera que predomina en el mundo
globalizado, los grandes capitales bancarios son los que más se han
beneficiado, incluidos los de todos los países reformistas (los bancos
del sistema nunca ganaron tanto como con estos planteos neoliberales,
defendidos finalmente también por los gobiernos de centro-izquierda).
Si alguien salió corriendo hacia Miami espantado por el "comunismo que
se viene”, fue una timorata clase media, siempre manipulada y mal
informada. Ninguno de los grandes grupos económicos de alguno de estos
países en estos últimos años (multinacionales en muchos casos,
expandidos por toda Latinoamérica y resto del mundo: Telmex o Televisa
de México, Odebrecht o AmBev de Brasil, Techint o Arcor de Argentina,
Falabella o CMPC de Chile, Grupo Polar en Venezuela, etc.) se vio
perjudicado, amenazado de expropiación o enfrentando reclamos de sus
trabajadores que hicieran pensar en un próximo paso al socialismo.

¿Por qué ahora van cayendo o pueden estar próximos a caer los planteos
redistributivos? Porque se agotó la bonanza económica de algunos años
atrás (la crisis capitalista mundial no perdona), y ahora hay menos
para repartir. En el caso venezolano específicamente, porque hay
proyectos globales para bajar los precios del petróleo, reduciendo de
ese modo sus divisas, imponiendo climas de agobio económico. Van
cayendo porque desde que nacen, estas iniciativas reformistas tienen
sus días contados, más allá de la pasión que puedan mover, las
esperanzas que puedan abrir. O se radicalizan, o caen. La experiencia
lo demuestra. El único experimento socialista que se mantuvo y se
amplió en Latinoamérica, porque realmente se radicalizó, fue Cuba. La
Revolución Sandinista de Nicaragua, incluso, en su intento de
convivencia pacífica con el imperio fue cediendo cada vez más. Ver
dónde está Nicaragua en este momento es indicativo de lo que eso
significó (con uno de los índices de pobreza más altos en el
continente, aún con un ex comandante guerrillero de presidente).

Hugo Chávez movió pasiones (y las sigue moviendo, en tanto "Comandante
eterno”… ¿Comandante eterno dentro de un modelo socialista?, no
cuadra, ¿verdad?). Pero no se trata de mover pasiones, de clientelismo
político, de campañas asistencialistas. Con eso se puede mantener
durante un cierto período la ilusión de cambio, de "preocupación” por
los humildes y excluidos…, pero eso tiene sus límites. Incluso, los
tiene muy cercanos. De ahí que todos estos procesos, sabiendo que se
desenvuelven en el medio de una fabulosa, sangrienta, tremenda guerra
llamada "lucha de clases”, no pueden remontar vuelo y proponerse
cambios sustanciales si no es tomando distancia de sus raíces, de su
pasado histórico.

Hoy pareciera que estamos tan ganados por el omnímodo discurso
neoliberal privatista que nos cuesta creer en nuestras propias fuerzas
como campo popular. La fuerza de la cooptación, indudablemente, no es
poca: nos ha torcido el brazo en muy buena medida, y para algunos
tener un gobierno "decente” es ya un avance. Quizá…, pero seguramente
podemos ir más allá.

Hacer la consideración de "posibilismo”, de ubicación con "los pies
sobre la tierra”, pareciera una forma de justificar el reformismo en
ciernes, negador de cambios más profundos. Si seguimos pensando que un
cambio real es algo más que lo cosmético, algo más que repartir con
alguna equidad las migajas que no consumen los sectores acomodados; si
seguimos pensando que, como dijera Marx: "no se trata de reformar la
propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los
antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de
mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, estos
pasos tibios son apenas una puerta de entrada. Si pensamos que la
dignificación del ser humano es algo más que cobrar un salario
"decente”, hagamos nuestra aquella máxima del Mayo Francés de 1968 que
reclamaba: "Seamos realistas: pidamos lo imposible”.

Estos gobiernos de centro-izquierda caen, en definitiva, porque no
tienen la más mínima posibilidad de imponerse, y más temprano que
tarde el sistema tiene cómo sacudírselos. Antes, con golpes militares;
ahora, con este nuevo ardid de la lucha contra la corrupción. En
Latinoamérica la corrupción nos envuelve culturalmente, por eso es tan
fácil señalarla siempre. Por eso, para un cambio genuino, el auténtico
enemigo a vencer no es la corrupción, sin la injusticia. Para la
construcción de alternativas es bastante evidente que tenemos que ir
más allá de la institucionalidad fijada: dentro de estos estrechos
márgenes parece que no es posible más que un "capitalismo mejorado,
abuenado”. Y eso no lleva muy lejos parece. Una vez más: "Seamos
realistas: pidamos lo imposible”.

Marcelo Colussi
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